torna al menu
stampa
Rassegna stampa - mercoledý 1 agosto 1979 ultimo aggiornamento: 18 dicembre 2001

  <  elenco completo (595)   <  altri articoli con foto (595)
  <  articoli pubblicati su Famiglia Cristiana (Spagna) (1)   <  altri articoli scritti da Gianni GIOLO (1)

Pubblicato su Famiglia Cristiana (Spagna) - 01/08/1979


CLAUDIO BAGLIONI
Y LOS JOVENCISIMOS



di Gianni GIOLO

foto El cantante romano, convertido en superstar de la canción, dio un concierto en el Palacio de los Deportes de Milán, batiendo todos los récords: 22.000 asistentes y una recaudación de unos ocho millones de pesetas. El público, casi todos jovencísimos, le aplaudió durante dos horas.

Ni el mismo Claudio Baglioni se esperaba tal éxito. En poco más de un mes su serie de conciertos en vivo (sobre todo en el norte de Italia) ha registrado cerca de 250.000 asistentes. Un cálculo aproximado de la recaudación es cosa que pertenece a los apasionados de las matemáticas: los precios han oscilado siempre entre las 2.000 y las 3.000 liras (200-300 ptas.), raramente han alcanzado las 5.000 (500 ptas.), precio máximo. El mismo nos había dicho, el pasado noviembre, que no tenía la menor idea de cómo iría a parar esta experiencia, que estaba lleno de ansiedad, de excitación y de preocupaciones.

"Vuelvo a trabajar después de dos años", nos había confesado. "He cambiado de casa discográfica, he tenido un largo período de reflexión. Vuelvo a exhibirme ahora con la misma trepidación que cuando empecé mi carrera, que cuando no era nadie. No tengo idea de cómo me recibirá el público, pero a mí siempre me ha ocurrido lo mismo: siempre he tenido que emplearme a fondo, y lo sigo haciendo actualmente, con mi último disco y la tournée de conciertos".

Un juego, como se ha visto, que ha servido para demostrar que Claudio Baglioni tenía las cartas del vencedor en la mano. Pero que, al mismo tiempo, ha descubierto aspectos completamente insólitos, extraños y diversos de aquellos que suelen considerarse cuando quiere hacerse la radiografía del éxito de un cantante. Se han podido ver estos efectos precisamente la tarde del 11 de marzo en Milán, cuando Claudio Baglioni dio un concierto en el Palacio de los Deportes de San Siro. Milán tendrá más de un motivo para recordar aquella velada. Las mismas crónicas del día siguiente, en caliente, ponían el acento sobre todo en el comportamiento del público. Los veintidós mil espectadores del Palacio de los Deportes (que dejaron una recaudación de unos 80 millones de liras = 6 millones de pesetas) fueron protagonistas de un fenómeno de masas que dejó estupefactos a todos: cantantes, organizadores, periodistas, agentes de policía y tal vez a buena parte del mismo público.

En este punto cabe recordar el éxito de algunos conciertos dados en Milán por algunos superstar de la música ligera. En el '70 llegan los Rolling Stones, en el ápice de su gloria. En el Palalido se arraciman como pueden seis mil fans. Pero los que los quieren ver y tocar son muchos más. Y fuera se desencadena una batalla. Resultado: un oficial de policía herido, cinco jóvenes denunciados, cinco arrestos, más de diez millones de daños. En abril del '73 acude Elton John al Vigorelli, y la respuesta de sus fans es frenética: diez mil abarrotan las instalaciones del velódromo. Pero fuera han de quedarse muchos y se encuentran con las puertas cerradas. La "razzia" fue masiva. Debe intervenir la policía con carga y lanzamiento de gases lacrimógenos.

Los "Autónomos" ocupan el palco

En mayo del '73 viene un trío de gran nombre: los Emerson Lake & Palmer: esta vez se logra evitar lo peor sólo consintiendo la entrada a todos, con o sin billete; de todos modos, se verifican incidentes. En febrero del '75 Lou Reed, número uno del rock inglés en aquel momento, debe renunciar a su concierto. Apenas "ataca" el cantante, un grupo de "Autónomos" ocupa el palco, no sin antes haberlo bombardeado con piedras y tornillos. Lou Reed jura, y hasta ahora lo ha mantenido, no volver más a Italia. Sucesivamente fueron obligados a interrumpir su concierto también los de la Premiata Forneria Marconi, el único grupo italiano que suscitó fenómenos de masa de grandes dimensiones.

Es fácil comprender que con precedentes tan poco alentadores hubiera muchas dudas en todos en vísperas del concierto milanés de Claudio Baglioni. Como si no bastara, pocos días antes a los organizadores de su tournée las autoridades les habían negado el Palacio de Deportes de Nápoles (única visita del cantante romano al sur). Por motivos de orden público, como de costumbre, dado que algunas semanas antes había dado un recital el cantautor Fabrizio De André y se había producido un caos, con incidentes y daños. Pero los responsables milaneses hicieron bien en conceder la autorización a Claudio Baglioni y a su grupo.

La tarde del 11 de marzo, como hemos dicho, acudieron al Palacio de los Deportes veintidós mil. Un público jovencísimo; a elevar la media de la edad contribuyeron solamente los padres que acompañaban a sus chicos: la mayor parte de ellos no superaba los dieciséis años. Por más que tal presencia haya constituido un récord, el público habría podido ser incluso más numeroso. Muchos grupos, en efecto, se vieron precisados a quedarse fuera del Palacio de Deportes. Pero no sucedió nada: se contentaron con escuchar los ecos de la música que provenía del interior del estadio.

Ecos fragorosos. Baglioni se presenta en escena completamente vestido de blanco. Es el color ideal para los quinientos efectos -más- de luz que le acompañarán durante las dos horas de su espectáculo. Es él mismo el que se transforma en color, el que desaparece y vuelve a aparecer bajo los reflectores de la metralla psicodélica accionada por su mujer, Paola Massari, y por un cerebro electrónico que ha memorizado el medio millar de efectos. Baglioni, sin impresionarse para nada por la atmósfera circense del lugar, ataca de la manera más sencilla y familiar, como si se hallara en casa con un grupo de amigos. "Tengo gripe y dolor de garganta", dice; "perdonad, haré todo lo que pueda". De los graderíos llega una ovación. Y él comienza la primera canción, un viejo éxito suyo, que en este momento asume incluso un significado simbólico: Con tutto l'amor che posso = Con todo el amor que puedo.

La máquina del show de Baglioni se pone en movimiento. Hay cuarenta personas pendientes de él, entre músicos (son ocho los componentes del grupo florentino de los Extra) y técnicos. Trabajan sobre y en torno a una estructura metálica de doce metros de anchura por diez de profundidad y ocho de altura, accionada por ocho motores. la orquesta está colocada sobre una escenografía de cuatro pisos; hay un grupo electrógeno autónomo, capaz de producir doscientos kilovatios y cinco kilómetros de cables; una instalación fónica de una potencia de doce mil vatios que han traído de Inglaterra.

De estos doce mil vatios es de donde Baglioni hace salir "todo el amor que puede". "No me atrevía a afrontar nuevamente al público después de dos años repitiéndole casi mecánicamente los fragmentos del último LP E tu come stai?", dice Baglioni. "He tratado de montar un espectáculo con un aspecto bastante nuevo, porque es la primera vez que doy una tournée en los palacios de deportes, y, además, porque creo que el público desea un impacto diverso, que busque emociones nuevas, ligadas sea a lo que yo puedo ofrecer directamente en el escenario con mis canciones, pero también al aspecto precisamente más espectacular de la exhibición."

Críticos de música ligera y disc-jockeis hablan hoy con insistencia de "reflujo". Rock y punk (además de campos de investigación para expresiones musicales nuevas y originales, estos géneros han sido considerados siempre como la bandera de la canción "comprometida" de nuestros días, la enseña de la rebelión juvenil) habrían pasado de moda para el público. Vuelve a tomar pie la canción sola, esa canción que tradicionalmente se sirve de palabras sencillas y gira desde hace siglos en torno a un solo tema: el amor.

Qué quiere hoy la gente

Por otra parte, basta dar una mirada a las clasificaciones de los discos: aparte el predominio de los Bee Gees (que entran de lleno en este reflujo, con su sound típico de los años '70, que discurre por el surco abierto por los Beatles), hallamos casi emparejados, en la lucha por la conquista del mercado italiano, a Ricardo Cocciante, otro gran autor de tonos crepusculares, y a Julio Iglesias, que habría podido tener éxito incluso hace veinte años, cuando a los que son como él se les llamaba "cantantes melódicos". Es el signo de lo que hoy quiere la gente. También Baglioni y su público de partidos de fútbol, en este caso, son el "reflujo". Pero una vez hallada la etiqueta, queda por descubrir todo lo demás.

Ese muchacho vestido de blanco en el escenario, con un padre sargento mayor de carabineros, una madre amante de la casa y una infancia transcurrida en el barrio romano de Centocelle, desgrana como si nada fuese, una tras otra, sus melodías, que llevan por título Amore bello, Questo piccolo grande amore, Io me ne andrei (Yo me marcharía), Gira che ti rigira amore bello, E tu..., Solo, E tu come staí? Es una lluvia de sentimientos antiguos, si bien adaptados a la moda actual. Y la gente le responde con perfecta sintonía. Al final y al comienzo de la canción hay ovaciones y gritos capaces de romper los tímpanos. Pero son gritos de alegría, no contienen amenazas, tensiones, conflictos, tanto más absurdos si acaban por explotar entre un público que ha acudido a escuchar a un cantante.

"Probablemente, la gente empieza a sentir el deseo de escuchar la música de protagonistas", ha dicho Baglioni. "Creo que han terminado los tiempos en que se escuchaba la música sin pagarla y en el público hay un ansia de participación que parecía adormecida hace demasiado tiempo." Los veintidós mil asistentes al Palacio de los Deportes de Milán parece, pues, que hayan querido cambiar el significado a una palabra que desde hace años se halla en el centro de la mayor parte de los discursos: "participación". El verso de una canción de Giorgio Gaber dice, en efecto: "Libertad es participación."

Pero entre los muchos modos diversos de participar en los acontecimientos, en las mismas manifestaciones de la música ligera, uno ha de excluirse por necesidad. el que impide que esa misma manifestación tenga lugar, Sin entrar en lo que podría parecer indispensable, es decir, en el, análisis sociológico, es ésta la lección que parece lícito sacar de la velada milanesa de Baglioni.

Hacia la mitad de su show, y sin que el cantante hubiera hecho petición alguna, en las gradas del Palacio de los Deportes, empezaron a encenderse algunas lucecitas. Buena parte del público, al menos los que tenían en el bolsillo un encendedor o cerillas, siguiendo tal vez el ejemplo de un pequeño grupo al que le había venido la idea, mantuvo encendida una llamita durante algunos minutos. Un gesto extraño, desacostumbrado. Pero por encima de los aplausos y de los gritos de entusiasmo tributados a Claudio Baglioni fue quizá el modo mejor que halló la gente para decirle: "Tú nos has dado todo el amor que podías. Nosotros tenemos mucha necesidad de ti y te lo agradecemos."

Sólo nos queda augurarnos que éste sea solamente el comienzo de una relación nueva entre cantantes y público.


fotos: Ghigo AGOSTI




Traduzione di Lola:




CLAUDIO BAGLIONI E I GIOVANISSIMI




Il cantate romano, che è diventato una superstar della canzone, ha offerto un concerto nel Palazzo dello Sport di Milano, battendo tutti i record: 22.000 spettatori ed un incasso di otto milioni di pesetas. Il pubblico, quasi tutti giovanissimi, l'ha applaudito durante due ore.

Neanche lo stesso Baglioni si aspettava un successo così grande. In poco più di un mese, la sua serie di concerti dal vivo (soprattutto nel nord dell'Italia) ha registrato quasi 250.000 spettatori. Un calcolo approssimato degli incassi è cosa che di pertinenza degli appassionati di matematica: i prezzi hanno oscillato fra le 2.000 e le 3.000 lire, raramente hanno raggiunto le 5.000 lire, prezzo massimo. Lui stesso ci aveva detto, lo scorso novembre, di non avere la minima idea di come si sarebbe conclusa questa esperienza, che era pieno di ansietà, di eccitazione e di preoccupazioni.

"Torno al lavoro dopo due anni", ci aveva confessato. "Ho cambiato casa discografica, ho avuto un lungo periodo di riflessione. Torno a esibirmi adesso con la stessa trepidazione di quando ho cominciato la mia carriera. Non so come sarò ricevuto dal pubblico, ma a me è sempre successa la stessa cosa: ho sempre dovuto lavorare duro, e continuo a farlo attualmente, col mio ultimo disco e la tournée di concerti".

Un gioco, come si è visto, che è servito per dimostrare che Claudio Baglioni aveva le carte del vincitore in mano. Ma, allo stesso tempo, ha rivelato aspetti assolutamente insoliti, strani e diversi da quelli che solitamente si considerano quando si vuole fare la radiografia del successo di un cantate. Questi effetti si sono potuti vedere precisamente il pomeriggio dell'11 marzo a Milano, quando Claudio Baglioni ha offerto un concerto nel Palazzo dello Sport di San Siro. Milano avrà più di un motivo per ricordare quella serata. Le stesse cronache del giorno dopo, a caldo, mettevano l'accento soprattutto sul comportamento del pubblico. I 22.000 spettatori del Palazzo dello Sport (che hanno lasciato un incasso di 80 milioni di lire) sono stati i protagonisti di un fenomeno di massa che ha lasciato stupiti tutti: cantanti, organizzatori, giornalisti, carabinieri ed anche una buona parte dello stesso pubblico.

A questo punto è necessario ricordare il successo di alcuni concerti offerti a Milano da alcune superstar della musica leggera. Nel 1970 arrivano i Rolling Stones, all'apice del loro successo. Nel Palalido si accalcano come possono seimila fans. Ma quelli che vogliono vedere e toccare sono molti di più. E fuori si scatena una battaglia. Risultato: un carabiniere ferito, cinque giovani denunciati, cinque arrestati, più di dieci milioni di danni. In aprile del 73 viene Elton John al Vigorelli, e la risposta dei fans è frenetica: diecimila affollano le installazioni del velodromo. Ma in tanti devono rimanere fuori e si trovano con le porte chiuse. La "razzia" fu di massa. Deve intervenire la polizia con cariche e lancio di gas lacrimogeni.

Gli "Autonomi" occupano il palco

A maggio del 73 viene un trio molto conosciuto: gli Emerson Lake & Palmer):questa volta si riesce a evitare il peggio soltanto lasciando entrare tutti, con o senza biglietto; nonostante ciò si verificano degli incidenti. A febbraio del 75, Lou Reed, numero uno del rock inglese in quel momento, deve rinunciare al suo concerto. Appena comincia a cantare, un gruppo di "autonomi" occupa il palco, dopo averlo bombardato con sassi e bulloni. Lou Reed giura, e fino adesso l'ha mantenuto, di non tornare mai più in Italia. Successivamente furono obbligati a interrompere il loro concerto anche la Premiata Forneria Marconi, l'unico gruppo italiano che ha provocato fenomeni di massa di grandi dimensioni.

È facile capire che con dei precedenti così poco allettanti, in tutti ci fossero tanti dubbi alla vigilia del concerto milanese di Claudio Baglioni. Come se non bastasse, pochi giorni prima le autorità avevano negato agli organizzatori della sua tournée il Palazzo dello Sport di Napoli (unica visita del cantante romano al sud). Per motivi di ordine pubblico, come al solito, dato che alcune settimane prima ad un concerto di Fabrizio De André c'erano stati dei disordini, con incidenti e danni. Ma le autorità milanesi hanno fatto bene a concedere l'autorizzazione a Claudio Baglioni e al suo gruppo.

Il pomeriggio dell'11 marzo, come abbiamo già detto, si sono recati al Palazzo dello Sport in 22.000. Un pubblico giovanissimo; ad aumentare l'età media hanno contribuito soltanto i genitori che accompagnavano i loro figli: la maggior parte di loro non superava i sedici anni. Sebbene tale partecipazione sia stata un record, il pubblico avrebbe potuto essere ancora più numeroso. Molti gruppi, in effetti, hanno dovuto rimanere fuori dal Palazzo dello Sport. Ma non è successo niente: si sono accontentati di ascoltare l'eco della musica che veniva dell'interno del Palazzetto.

Echi fragorosi. Baglioni si presenta in scena completamente vestito di bianco. È il colore ideale per i più di 500 effetti di luce che l'accompagnavano durante le due ore del suo spettacolo. È lui stesso che si trasforma, che scompare e riappare sotto i riflettori della mitraglia psichedelica azionata da sua moglie, Paola Massari, e da un computer che ha memorizzato i 500 effetti. Baglioni, che non si è per niente lasciato impressionare da quella atmosfera circense, attacca nel modo più semplice e familiare, come se si trovasse a casa con un gruppo di amici. "Ho l'influenza e mal di gola", dice, "scusate, farò del mio meglio". Dalle gradinate arriva una ovazione. E lui comincia la prima canzone, un suo vecchio successo, che in questo momento assume anche un significato simbolico: Con tutto l'amore che posso.

La macchina dello show di Baglioni comincia a muoversi. Ci sono quaranta persone che dipendono da lui, fra musicisti (sono otto i componenti del gruppo fiorentino degli Extra) e tecnici. Lavorano sopra ed attorno a una struttura metallica di dodici metri di larghezza per dieci metri di profondità e otto di altezza, azionata da otto motori. L'orchestra si trova su una scenografia di quattro piani; c'è un gruppo elettrogeno autonomo, capace di produrre duecento Kilowatt e cinque chilometri di cavi; una installazione audio di una potenza di dodicimila watt che hanno portato dall'Inghilterra.

È da questi dodicimila watt che Baglioni fa uscire "tutto l'amore che può". "Non avevo il coraggio di affrontare nuovamente il pubblico dopo due anni e di ripetergli quasi meccanicamente i frammenti dell'ultimo LP E tu come stai?", dice Baglioni. "Ho cercato di montare uno spettacolo con un aspetto abbastanza nuovo perché è la prima volta che presento una tournée nei palazzi dello sport, ed anche perché credo che il pubblico desideri un impatto diverso, che cerchi nuove emozioni, legate sia a quello che io posso offrire direttamente nel palcoscenico con le mie canzoni, sia all'aspetto precisamente più spettacolare della esibizione.

Critici di musica leggera e disc-jockey parlano oggi con insistenza del "riflusso". Rock e punk (oltre che campi di investigazione per espressioni musicali nuove ed originali, questi generi sono stati considerati sempre come la bandiera della canzone "compromessa" dei giorni nostri, l'insegna della ribellione giovanile) sarebbero fuori moda per il pubblico. Torna a prendere forza la canzone da sola, quella canzone che tradizionalmente si serve di parole semplici e che gira da secoli intorno a un solo tema: l'amore.

Cosa vuole oggi la gente

D'altra parte, basta dare un'occhiata alle classifiche dei dischi: a parte il predominio dei Bee Gees (che entrano in pieno in questo riflusso, con il loro sound tipico degli anni 70, che segue il solco tracciato dai Beatles), troviamo quasi appaiati, nella lotta per la conquista del mercato italiano, Riccardo Cocciante, un altro grande autore di toni crepuscolari, e Julio Iglesias, che avrebbe potuto avere successo anche vent'anni fa, quando quelli che sono come lui venivano chiamati "cantanti melodici". È il segno di quello che oggi vuole la gente. Anche Baglioni e il suo pubblico di partite di calcio, in questo caso, sono il "riflusso". Però, una volta trovata l'etichetta, resta da scoprire tutto il resto.

Questo ragazzo vestito di bianco sul palcoscenico, con un padre brigadiere, una madre casalinga ed una infanzia trascorsa nel quartiere romano di Centocelle, sgrana come se niente fosse, una dopo l'altra, le sue melodie, che si intitolano Amore bello, Questo piccolo grande amore, Io me ne andrei, Gira che ti rigira amore bello, E tu..., Solo, E tu come stai? È una pioggia di sentimenti vecchi, sebbene adattati alla moda attuale. E la gente risponde in perfetta sintonia. Alla fine ed all'inizio della canzone ci sono ovazioni e grida capaci di rompere i timpani. Ma sono grida di allegria, non contengono minacce, tensioni, conflitti, ancora più assurdi se scoppiano in un pubblico che si è recato ad ascoltare un cantante.

"Probabilmente, la gente comincia a sentire il desiderio di ascoltare la musica da protagonista", ha detto Baglioni. "Credo che siano finiti i tempi in cui si ascoltava la musica senza pagarla e nel pubblico c'è una voglia di partecipazione che sembrava essersi addormentata troppo tempo fa". I 22.000 spettatori del Palazzo dello Sport di Milano sembra, quindi, che abbiano voluto cambiare il significato di una parola che da anni si trova al centro della maggior parte dei discorsi: "partecipazione". Il verso di una canzone di Giorgio Gaber dice, in effetti: "Libertà è partecipazione".

Ma tra i tanti modi diversi di partecipare agli avvenimenti, proprio nelle manifestazioni di musica leggera, uno dobbiamo escluderlo per forza: quello che impedisce che questa stessa manifestazione esista, senza entrare in ciò che potrebbe sembrare indispensabile, cioè, nell'analisi sociologica. È questa la lezione che sembra lecito trarre della serata milanese di Baglioni.

A metà del suo show, e senza che il cantante avesse fatto nessuna richiesta, sulle gradinate del Palazzo dello Sport, hanno cominciato a accendersi alcune piccole luci. Una buona parte del pubblico, perlomeno quelli che avevano in tasca un accendino o dei fiammiferi, seguendo forse l'esempio di un piccolo gruppo al quale era venuta l'idea, ha tenuto accesa una fiammella per alcuni minuti. Un gesto strano, poco frequente. Ma oltre gli applausi e le grida di entusiasmo tributati a Claudio Baglioni, è stato forse il modo migliore che ha trovato la gente per dirgli: "Tu ci hai dato tutto l'amore che potevi. Noi abbiamo bisogno di te e ti ringraziamo".

Non ci resta che augurarci che questo sia soltanto il principio di un nuovo rapporto fra cantanti e pubblico.


segnalato da Charo

  <  elenco completo (595)   <  altri articoli con foto (595)
  <  articoli pubblicati su Famiglia Cristiana (Spagna) (1)   <  altri articoli scritti da Gianni GIOLO (1)